viernes, 18 de septiembre de 2015

La imagen en código -parte diez-



Llegué sin avisar y la encontré pijama ¡Sí! Pasamos a la sala, le conté la historia, me puse vulnerable, comenzamos a besarnos y a punto de llegar al momento álgido me empujo, nos separamos volvió a verme a los ojos y volví a poner mis manos entre las suyas y volvió a preguntarme:
-¿De verdad no me ocultas nada?- ¿ya sabía lo de mi cita con Brenda? No lo creo fui muy cuidadoso, nadie nos había visto, o quizá alguien nos vio a lo lejos, fui descuidado y ¿si lo confieso a ahora será un buen momento para tener clemencia?, no, no, no nadie nos vio ella no sabe nada.
-Claro que no mi amor- Dije con voz tierna y algo ofendida.
-Muy bien-Dijo con una sonrisa enorme
-Ahorita regreso- Se fue al baño y yo aproveche para irme a su cuarto. Lo crean ustedes o no, nunca había entrado a su cuarto y para aquellos quienes estén leyendo esto solamente por los detalles eróticos confesaré que nunca habíamos tenido contacto físico más allá de besos y caricias mustias (como dice la canción). Así que fue más que razonable el que me haya levantado cuando escuche que cerró la puerta y me haya dirigido a su habitación, igual de razonable fue que abriera algunos de los cajones y tomara sin pedir permiso las pantaletas más llamativas que pude encontrar. Iba de regreso a la sala de manera muy sigilosa cuando me di cuenta que sobre una mesa había un montón de billetes de mil dólares. Me quedé inmóvil, me acerque a verlos y tocarlos, yo nunca había visto esos billetes antes pero se veían y sentían bastante reales, con mucho miedo busqué su teléfono sin encontrarlo. Se escuchó la descarga de agua del excusado y yo no pude salir de su cuarto. Ahora que lo pienso ese sonido, el agua que empuja al drenaje los desechos, resulta bastante apropiado para la situación que estaba viviendo, claro que en ese momento no lo aprecié así.
Cristina apareció en la puerta del cuarto con cara de asombro
-Vine a buscar tu celular porque necesito hacer una llamada y el mío ya no tiene batería-
-Si quieres te presto el cargador- Lo dijo mientras apretaba con fuerza el teléfono que traía en la mano.
-Préstame el celular no me tardo nada- Forcejeamos un poco, en otras circunstancias pudiera haber parecido que estábamos jugando, pero aplicábamos más fuerza de la necesaria a los movimientos y teníamos un brillo de decisión en nuestros ojos.
En general los hombres somos más fuertes que las mujeres. Le arrebaté el teléfono por fin y ella dejó de pelear. Había mandado un mensaje mientras estaba en el baño decía sencillamente: “está aquí”. En circunstancias normales me hubiera quedado a preguntarle ¿qué estaba pasando? Pero estas estaban lejos de ser circunstancias normales. Quizá a ustedes les parecerá estúpido lo que hice y bajo las premisas de cualquier obra de suspenso y acción es sin duda muy tonto. Pero en la vida real dónde es necesario sencillamente un “mal golpe” para perder la vida, en la vida real donde te haces del baño del dolor cuando te sacan las uñas o te dan choces eléctricos en los testículos. En la vida real cuando uno está en peligro: corre.
Salí corriendo del departamento y del edificio y no miré atrás. Corrí hacia el lugar más desierto y escondido que pude encontrar. Jadeando y llorando me senté en un rincón oscuro de la ciudad. Me imagine que el que hubiera mucha gente no habría de ayudarme. Si alguien quiere matarte te mata enfrente de 1 o 1000.
Traté de tranquilizarme. En mi cabeza resonaban todo tipo de dudas. Traté de convencerme de estar inventando todo aquello, posiblemente era la falta de sueño. Seguro estaba exagerando, pero el dinero, el celular, mi casa, todo parecía coincidir de una manera macabra. –El celular- pensé, y abrí el mío y le quité la batería y el chip. No los tiré, dentro de mí todavía una parte se negaba a que esto estuviera sucediendo. Fui a una tienda y cambie un billete en monedas para el teléfono. Tuve que encender brevemente el celular para buscar el teléfono del agente Jasso e hice mi mejor esfuerzo para memorizarlo.

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